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El aborto y el matrimonio gay definen lo más insidioso y peligroso

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«El aborto y el matrimonio gay definen lo más insidioso y peligroso«. Benedicto XVI

¿También el aborto?

Perdón por la broma, pero es que a uno la incesante constatación de la miseria moral humana, en este caso por parte de este señor, le cansa. ¿Qué cojones habrá de malo en que dos personas se quieran, se casen y que su situación legal sea la misma que la del resto de personas de nuestra sociedad, independientemente del sexo o de la orientación sexual de cada uno?

Cada uno debería guardarse su propia estupidez para sí mismo, y no compartirla con los demás, máxime cuando hace tanto daño como la de este señor. ¡Qué mundo!

Respeto

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Decía un profesor de universidad que había que prohibir la «regla de tres»porque inducía a los estudiantes a cometer barbaridades en sus cálculos al aplicarla para todo (y por tanto en situaciones en las que no se da el requisito de proporcionalidad). Si un chaval mide un metro a los cinco años, a los veinticinco medirá cinco metros, decía ese profesor para justificar su bobada. Si un profesor de matemáticas renuncia a enseñar que las fórmulas matemáticas solo son válidas, en general, bajo ciertas condiciones, apañados estamos. Supongo que la solución sería enseñar solo las fórmulas válidas siempre, en todo lugar y bajo toda condición. ¿Fuerza igual a masa por aceleración? No, claro que no porque si la aceleración varía con el tiempo o el cuerpo pierde masa a medida que se desplaza (un vehículo que quema combustible), pues a ver quién es el guapo que aplica la fórmula. ¿Qué masa ponemos? ¿La de qué instante? ¿Y qué aceleración? Eliminemos esa fórmula de los planes de estudio.

Los humanos buscamos reglas sencillas de aplicar aunque sean aberrantes, por varias razones. En primer lugar porque queremos seguridad: la que nos da tener una «regla a seguir». Y en segundo lugar porque nos dan tranquilidad: a menudo la regla es un «lugar común», por lo que no hay que marearse mucho pensando (supuestamente otros ya lo han hecho) y además nos hace sentirnos parte de un grupo. «¿Cómo voy a votar a Rosa Díez, si es de izquierdas?» decía un familiar mío estas navidades. «Yo con que tengan el puño y la rosa les voto», decía un conocido-desconocible hace un tiempo. Normas sencillas: unos de izquierdas, otros de derechas y así es fácil saber a quién votar. No preguntes, no critiques, no cuestiones. No te preguntes, no te critiques, no te cuestiones. Es mejor ser borrego y tener rebaño que ser lince y estar solo. Lo de pensar es «pa los listos». Una persona que no bebe y no fuma no encaja en una pandilla de idiotas que confunden diversión con «porro y borrachera». O te adaptas o te quedas fuera. Y fuera hace frío. (Nada que ver con el título de este blog. O a lo mejor todo)

La soledad es el precio que hay que pagar por la independencia. Eso sí es una hipoteca para toda la vida.

Vivimos en una sociedad que se mueve por ideas sencillas, que son las únicas que los primos de los primates alcanzamos a entender. Una de esas ideas que no vale la pena cuestionarse es la importancia de guardar las formas, de los modos en que se hacen las cosas. Hablo de lo que el común de los primos entiende por comportarse con «respeto». Respeto, la palabra clave. Respeto, la palabra que no quiere decir nada. «Rodríguez Zapatero es una persona respetuosa porque casi siempre sonríe y casi nunca grita». Una idea tan sencilla como falsa, tan falaz como ridícula, tan absurda como asimilada por la plebe. De nada valen los argumentos, de nada valen las explicaciones, de nada valen los matices. «Rodríguez Zapatero es una persona dialogante porque llama a Rajoy a su despacho para hablar». Ni me molesto en argumentar, ¿para qué? La plebe, la chusma, la gente asumimos lo sencillo como lo bueno, porque no damos para más.

¿Es respetuoso Rodríguez Zapatero? ¿Para qué sirve su diálogo? Juzgar la bondad de sus actos requiere pensar. Requiere tener criterio. Requiere tener información. Juzgar su apariencia está al alcance de todos. Y muchos ni eso; opinan sobre sus modos lo que otros les dicen que deben opinar: no solo hacen el truco del tocomocho cambiando fondo por forma, sino que cambian forma por propaganda. Y a votar, que son dos días.

Leí hace unos días en una página web unos comentarios que con toda naturalidad y educación, con todo respeto, abogaban por penalizar la homosexualidad. Y como todos somos muy educados y «todas las opiniones son respetables» esos comentarios no fueron censurados. «Hay que respetar la libertad de expresión», claro. «Siempre que no se caiga en el insulto», y en esos comentarios no había palabras malsonantes. Tópicos sin sentido, frases que se repiten sin pensamiento de ningún tipo pero con mucha mediocridad moral e intelectual. Si llamas «subnormal de mierda» a alguien (sin duda hay quien lo merece) mucho me temo que no te dejen seguir publicando comentarios, pero si abogas porque se penalice la homosexualidad en España entonces tus comentarios son aceptables. Regla sencilla: los insultos son inaceptables. Regla compleja: piensa en lo que es aceptable o no y actúa en consecuencia.

Ya sin ironía, ¿respeto? por supuesto. Es la palabra. No hay otra. Pero no el respeto del simplismo, no el respeto borregueril, no el respeto vaciado de contenido para consumo de la chusma.

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El modelo natural de familia

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Decía esta mañana en la COPE un señor, un obispo me ha parecido entender, que lo que está siendo amenazado no es el modelo tradicional de familia sino más bien el modelo natural de familia: el formado por un hombre y una mujer. ¿Es ése realmente el modelo natural de familia?

El modelo natural de familia es aquél en el que el hombre, un ser con pelos hasta en el cristalino y un colgajo en la entrepierna sale de la cueva dando botes y buscando una hembra, otro ser peludo (pero menos), con tetas y felpudo en la entrepierna. Y si se cruza con dicha hembra, el hombre, más fuerte que la hembra coloca su colgajo en el felpudo y luego si-te-he-visto-no-me-acuerdo. Y la hembra a dar a luz como buenamente pueda. Y si nos ponemos «naturales» mucho me temo que al del colgajo lo mismo le daría que el felpudo fuese el de su madre, el de su hija o el de su hermana. ¿Desagradable? Pues ése es el modelo «natural» de familia, ya que estamos.

No solo eso; una parte relevante de los de colgajo buscarían otros con colgajo para satisfacer sus impulsos y lo mismo pasaría con las del felpudo, parte de las cuales buscarían otros felpudos. Y luego ya se sabe, el si-te-he-visto-no-me-acuerdo. O a lo mejor sí se acuerdan, vaya usted a saber.

¿Es éste el modelo «natural» de familia que defendía el señor obispo? No, ya hemos dicho que no. En su modelo «natural» los homosexuales y las lesbianas son borradas de un plumazo (con perdón). Solo existe «lo heterosexual», lo procreador y cuando un colgajo (uno solo) se acerca a un felpudo (uno solo) se lo queda para toda la vida (y viceversa, claro). ¿Natural? ¿Qué tiene eso de natural?

Tan natural es el matrimonio homosexual como el heterosexual como el poligámico como cualquier otra forma de organización social. Otra cosa es que hablemos de tradición: en el mundo cristiano la tradición ha sido marginar y negar la existencia de los no-heterosexuales. Bonita tradición. No es comparable con el mundo islámico donde perfectamente te pueden condenar a muerte por ser homosexual, pero los cristianos no pierden la ocasión de manifestar que si hay algún avance social para estas personas no es con su aprobación. ¿Por qué cuando Dios creó el mundo se quedó tan corto repartiendo bondad?